Ah, Kiyoaki Matsugae, la esencia misma de El Mar de la Fertilidad. Se enciende y consume en Nieve de Primavera, en cuanto se enraiza como la esencia física de la belleza. Tan febril, tan inconsciente, tan alienado de su mundo, tan puramente egoísta e inconsecuente, tan falto de finalidad, tan abstraído, tan fluctuante entre sus propias imágenes oníricas y siempre, siempre, tan intrínsecamente bello.
¿Concuerda la imagen de Satoshi Tsumabuki con la que me dejó Mishima? No sé; me gusta verlo.
Después de todo, sólo alguien materializa adecuadamente a mi Kiyoaki mental. Quién materializaría el de Mishima.


